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Uno de los golpes que más han contribuido a despojar al estudiante de su carácter peculiar, ha sido la abolición de los manteos. Los buenos estudiantes lloraron por largo tiempo al verse precisados a orillar la ropa de San Pedro con la que se hallaban familiarizados desde tiempo inmemorial.
En vano algunos pocos aspirantes a lechuguinos, sacaron a lucir sus fraques y levitas, y otros siguiendo la moda del año 1835 adornaron sus pantalones de pieles, sustituyeron el capote al manteo, pusieron en sus zapatos espolines de cangrejo, y dejando crecer en sus caras patillas de chuleta, escobillones y guarda polvos, conquistaron el título de estudiantes de caballería.
Pero la generalidad de la estudiantina empeñada en ridiculizar aquella orden, la desairó en cuanto pudo, continuando con el manteo y sustituyendo a los antiguos tricornios por gorras de fuelle, invención que no se le ocurriera al mismo Vulcano.
La reforma llevó de paso en algunas universidades las golillas de los bedeles, los trajes arqueológicos y monumentales de los timbaleros y chirimías, los mantos y becas de los colegiales, y hasta los mismos profesores, que se desgañitaban por entonces en las cátedras predicando igualdad, dieron al traste con el manteo nivelador y prefirieron asomar las charreteras de estambre amarillo por debajo de la muceta encarnada, haciendo una figura, que era cosa de alabar a Dios.
Pero a pesar de eso el furor estudiantil contra la orden, que los volvía ciudadanos por la fachada, ha continuado y sigue todavía tratando de adquirirse un traje peculiar y característico. A estos conatos es debida la invención de los hongos, con que algunos de ellos trataron no ha mucho de adornar la cabeza vistiéndose de máscaras, sin respetar los tiempos que corrían. Pero la sociedad silbó a sus inventores, la mayor parte de la estudiantina se les rió en sus barbas y les designó con el apodo de monicongos ( monos con hongos) y hasta las autoridades tuvieron la bondad de chulearse con ellos, dando a los presidiarios sombreros de aquella hechura, come sucedió en Zaragoza.
Está visto que el manteo y el tricornio serán siempre el emblema y jeroglífico de la estudiantina, como la celada es el distintivo de la nobleza sobre los escudos y blasones por más que las antiguas armaduras hayan caído en desuso.
El manteo cayó, cayó también el tricornio, complemento del traje estudiantil, y los estudiantes de nuestros días no son ni con mucho, tan traviesos como los de antaño.
Ya no hay motines de estudiantes, ni encarnizadas pedreas, y manteos y tricornios yacen en el más completo olvido, tristemente velados por sus añejas glorias.
Los estudiantes de antaño, particularmente en tiempo de vacaciones, o se retiraban a sus casas o reuniéndose en pequeños grupos, recorrían alegremente villas y ciudades al son de la bulliciosa pandereta y de las más picarescas canciones.
Hoy los estudiantes pobres echan de menos este recurso.
Durante el siglo pasado, y aun a principios del actual, todos aquellos que carecían del suficiente metálico para continuar sus estudios, se lo proporcionaban merced a su alegre indumentaria.
No hace aún muchos años que el estudiante pobre no sufría como ahora debe sufrir necesariamente, viendo al lado de su modesto y raído traje, otros varios flamantes y magníficos.
El manteo y la sotana lo mismo encubrían la mugrienta chaqueta, que la rica levita y el elegante y aristocrático frac, que acababan de salir del obrador de un sastre de nombradía.
No diremos que el vestido estudiantil fuese conveniente ni necesario, pero sí que al desaparecer, desaparecieron con él muchos de sus fueros y privilegios, y uno de los tipos españoles más marcados.
Autor: Vicente de La Fuente
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