Indumentaria Antigua

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El manteísta, o estudiante común, vestía fundamentalmente loba o sotana, manteo y bonete. Estas prendas conformaban los llamados hábitos y si su color era negro pasaban a denominarse hábitos de San Pedro.

 

No resultaba difícil distinguir a los novatos de los veteranos, ya que estos últimos solían llevar las ropas descuidadas y deterioradas, para mostrar orgullosos su condición.

 

Abundaban en aquellos días los jóvenes que, a base de remiendos, iban parcheando el único vestuario que habrían de vestir durante años. El extremo del abandono lo marcaban los tunantes y algunos estudiantes que usaban una indumentaria raída y desvencijada, que popularmente se conocía con el nombre de sopalanda o más comúnmente como hopalanda.

 

La sotana era larga, ceñida a la cintura y con un remate en el pescuezo llamado cuello. Esta vestimenta ejercía la doble función de ocultar otros ropajes, como calzas y jubones, que traían debajo, y la de impedir que los escolares pudieran hacer ostentación de ropas y adornos que pudieran revelar su alcurnia.

 

La loba era una prenda con alzacuello que se ensanchaba hacia los hombros para luego caer perpendicularmente hasta los pies. Estaba dotada de una abertura por delante y de otras dos a los lados con objeto de sacar los brazos.

 

Por manteo se conocía un modelo de capa, destinado a cubrir el cuerpo hasta la altura del calzado. Su cuello angosto llevaba cosido el fiador para unir los extremos mediante una trencilla de seda con un botón en un lado y un ojal en el otro.

 

El bonete era la prenda reservada a cubrir la cabeza, el cual disponía de cuatro picos que salían hacia fuera, pudiendo presentar diversas formas. La insignia de los graduados como doctores o maestros de las universidades era una borla que figuraba encima del bonete.

 

La vida desenfadada de los estudiantes les llevaba a salir vestidos de capa y gorra, o lo que es lo mismo, sin el traje propio de su condición, para divertirse y pasear por el campo, con el objeto de no ser reconocidos.

 

La influencia de las modas se hizo notar y algunos elementos como los sombreros de ala ancha eran comunes entre los cursantes. En 1766, durante el reinado de Carlos III, llegaría la prohibición del uso de capa larga, sombrero redondo y embozo, alegando que bajo esta apariencia era fácil ocultar el rostro y portar armas, dando lugar a múltiples fechorías. Se obligó a sustituir estas prendas por la capa corta o redingot, peluquín o pelo propio, y sombrero de tres picos. Tras los disturbios que se produjeron en el Motín de Esquilache la norma quedó derogada, pero las corrientes europeas que se pretendían introducir acabaron calando en la población. Posteriormente, una nueva ley prohibiría los sombreros gachos o chambergos a todos los vestidos con hábitos largos de sotana y manteo mandando que universalmente usasen el sombrero levantadas las alas a tres picos. El tricornio fue adoptado finalmente por los estudiantes, aunque se quedó en una mezcla a medio camino entre el sombrero de medio queso y la montera. Este tocado llegó a estar tan extendido que se convertiría, junto al manteo, en un símbolo de identidad estudiantil.

 

La indumentaria colegial estaba compuesta de los mismos elementos, aunque la ropa talar de los colegiales se denominaba manto.

 

La beca era el distintivo de color, hecho de paño,grana o seda, que se co1ocaba sobre el manto para diferenciar a los miembros de los distintos colegios. Consistía en una faja de una cuarta de ancho, cruzada delante del pecho, que subía por los hombros para caer por ambos lados de la espalda hasta cerca de los pies. La hoja izquierda llevaba un rollo circular cubierto con la misma tela llamado rosca.

 

Autor: Roberto Martínez del Río

 
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