Indumentaria final

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Julio Monreal recapitula:

«de ese modo pasaron los estudiantes más de dos siglos sin que hubiese cambio notable en sus costumbres ni en sus trajes».

 

Ello ha de matizarse en relación al atuendo: se trataba de un hábito, indicativo de pertenencia a. una corporación -la estudiantil- asimilada al clero. Este atuendo semiclerical, constaba de alguno de los tipos de bonete [del latín abonnis, y catalán bonet], loba o sotana de limiste (del latín subtus y posterior subtana] y manteo de paño o bayeta (del latín mantum, y francés manteau: mitad capa, mitad manta]. Ya las Reales Pragmaticas salmantinas de 1537 y 1551 mencionaban el manteo como «prenda de hombres de letras». A mediados del siglo XVII a imitación de los clérigos, los estudiantes no colegiales dejan el bonete por el sombrero de alas anchas (gacho) e incluso «a la chamberga», aunque les estuviera prohibido.

 

En el XVIII relegan la sotana, conociéndoseles como «manteistas» o «mantilargos», a diferencia de los colegiales, cuyas normativas prescribían el uso del bonete y la sotana. El Diccionario de Autoridades (1726-37) recoge la voz sopalandas como «Los hábitos de bayeta raídos y destrozados que suelen llevar tunantes y escolares que van a las universidades». Merced al ministro Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, la Orden de 20 de enero de 1766 prohíbe el uso de capas españolas así como de sombreros gachos y chambergos, y ordena levantar las alas del sombrero a tres puntas (tricornio) o aplastadas hacia la copa (bicornio).

 

El 26 de marzo de 1766, Domingo de Ramos, aconteció el «motín de las capas y sombreros». El pueblo logra derrocar al ministro y derogar la norma, pero cambia su forma de vestir al modo europeo. Sin embargo, diversas órdenes del Consejo del Rey, de julio de 1770 (reiteradas en 1777), emplazan a los órganos rectores de las universidades a mantener aquélla para los estudiantes. Pronto será distintivo estudiantil.

 

Esta etapa clásica o «picaresca», la más definitoria e interesante, se irá cerrando en el siglo XIX: la Real Cédula de Reforma de la Enseñanza Universitaria suprime las universidades menores y agrega a las once restantes; la Guerra de la Independencia vacía las aulas y arruina la universidad; la Constitución de 1812 suprime las Jurisdicciones especiales; por Reglamento de 29 de junio de 1821, la universidad pasa a depender directamente del Gobierno; en 1834 es abolido el fuero académico; la Orden de la Dirección General de Estudios de 8 de octubre de 1835 –dirigida a los rectores de las universidades- establece la supresión del atuendo escolar por “no estar ya en armonía con las costumbres del siglo”.

 

Los decretos desamortizadores desde 1834, con la disolución de algunas órdenes religiosas, acaban con la sopa boba… hitos definitivos hacia la universidad urbana y elitista que ahogan la tradición: “en las grandes ciudades, el estudiante muere”.

 

Autores:

  • Antonio Luís Morán Saus
  • Jose Manuel García Lagos
  • Emigdio Cano Gomez
 
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